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sábado, 5 de febrero de 2011

Eda, Angélica y el pajarito de la Mansfield.

La 52 (quincuagésima segunda, no cincuenta y dos: la gente a veces olvida esa otra clase de números, pomposos, pero lindos al fin) muestra de cine llegó a Saltillo desde ayer. Los olvidados le hicieron homenaje a su propio nombre porque dudo que haya habido algún valiente que estuviera a ocho grados bajo cero en las butacas viejísimas en el cine más nostálgico de la ciudad para ver una película que hemos visto hasta el cansancio, con y sin el final alterno y esperanzador de Buñuel. Lo digo al menos por mí que no dudé en dejar de ir: hay pulmones importantes para cuidar de vez en cuando.

Pero ayer viernes fue diferente. "El extraño caso de Angélica" sonaba más a película de vampiros y "mostros" o una mujer con tuberculosis extraterrestre que a la fotografía bellísima de este film dirigido por el centenario Manoel de Oliveira. Tampoco iba a ir. Fueron opiniones de terceros, doctos y cultos en este arte, los que me orillaron a darme un paseo por el cine de mi predilección, acaso porque huele a palomitas hechas en cacerola -aunque tengan maquinita-; acaso porque espero que en las butacas del frente aparezca el sombrero café de mi papá con la cabeza y el cuerpo entero en movimiento, a más de 24 imágenes por segundo y en un 3D totalmente abrazable.

La historia es más bien algo sencilla: un fotógrafo retrata a una muerta y se enamora de ella. O tal vez debí decir que un fotógrafo judío invoca a un ángel y la recién fallecida, Angélica, lo llama a él, que es cuando va a tomarle las fotos. El argumento (intuyo, y si estoy mal, que me corrijan los expertos) habla del amor absoluto y la muerte (o el amor absoluto en la libertad que supone el más allá). Los diálogos, diríamos, son hasta escuetos, exceptuando la disertación de la antimateria que se avientan los compañeros de pensión de Isaac, el protagonista de la cinta.

Sin embargo, resulta un homenaje en vida ir a ver este filme, no sólamente por el hecho de que su director tenga ya 102 años de edad y permanezca aún lúcido y ajeno a la contaminación del horror mundial, sino porque él mismo le rinde, como los niños que están ávidos por mostrarle al mundo un descubrimiento suyo, la manera en que le han impactado ciertos pasajes literarios y pictóricos.

Uno de esos homenajes emerge cuando el pájaro de la casera Justine se sale de su jaula, revolotea en la habitación de un alucinado Isaac y amanece muerto en señal de un mal presagio. Quien haya leído el cuento bellísimo aquel de Katherine Mansfield, El canario, donde la muerte del animalito, propiedad de una señora que también tiene una casa de asistencias, aparece como una especie de revelación o presagio de una tragedia, se sentirá involuntariamente remitido a la angustia perfectamente delineada en las escenas del cuento de la escritora neozelandesa.

Sin embargo, la belleza estética de este film y la aportación que a dicho mundo este hombre (Espelho Mágico, Viagem ao Princípio do Mundo) realiza son los guiños-homenaje a uno de mis pintores favoritos, el judío bielorruso Marc Chagall, y a su cuadro Eda Okada: la mujer, hermosísima, arriba a la habitación del fotógrafo a quien le había sonreído mientras éste le hacía un retrato póstumo en su lecho de muerte, el día de su funeral. Radiante, casi estelar, enfundada en su vestido de novia, lo toma de la mano y lo lleva a volar por los aires, rozando la fragilidad de la niebla de una madrugada portuguesa y un lago. Luego, a diferencia de todos los cuadros de Chagall, él regresa en picada, como bajando al vacío, a la realidad. Es ahí cuando se plantea la posibilidad del amor absoluto en otro plano que no sea la realidad tangible.

Con esta película, Oliveira nos regresa, por así decirlo, la posibilidad de alcanzar el amor total, aunque no sea en este plano terrestre.

Cabe destacar que yo también salí flotando, pero de frío. A esa hora ya estábamos de nuevo a menos cuatro grados. En fin, veamos cómo progresa la mostra. Ya les iré platicando.

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