Sucumbí al Facebook:

martes, 14 de junio de 2011

Sobre la virtuosidad de los inmigrantes

Los inmigrantes suben, ayudados por el viento y con sus pies convertidos en plumaje negro, a una dimensión de la que saben tal vez no regresarán nunca para platicarles en casa lo que vieron. Se adueñan del lomo frío de esos objetos inmortales donde, veloces y de hierro, les platican de un mundo que jamás habrán de soñar.

Solitarios y valientes, llevan en sus bolsillos la tierra húmeda que los engendró, por si alguna vez hace falta restaurar una zona de la dermis o fabricar un templo provisional donde guardar sus huesos. Hijos de los rincones del sol, apartan sus lamentos del grueso del género humano y lo transforman en sueños de papel picado, maché o china, donde envuelven sus regalos invisibles que enviarán a sus gentes junto con la noticia de los perfumes aún no distinguibles en sus ropas nuevas, en las comidas calientes ni en los sofás mullidos, pero que, dicen, seguramente existirán ahí porque ya los están esperando. Su intuición casi nunca les falla.

De las nubes les llega un casco blanco para protegerse de los golpes, y en pago por el obsequio recibido, tararean un vals con el que seducen hasta al más abigarrado de los cielos. Entonces, los nimbos, los cirros y los estratos les agradecen el gesto tendiendo una suave malla que absorbe su sudor, su hambre, su cansancio y su silencio, y hasta algunos de ellos pueden divisar las caras de sus abuelos preocupados y tristes por el lazo cortado que dejan un mañana cualquiera de polvo y gallos medio dormidos. Cuando la sed apremia, toman de su ánfora la saliva dulce proveniente de una lengua virgen, dorada, preciosa, que está lista para fusionarse con el ruido de la naturaleza asfáltica que los aguarda. Y duermen, acompañados por los chaneques que trajeron a escondidas.

Quienes logran atravesar el cordón de rayo mortal, deben librar la batalla contra el gran dragón invisible, uno de fuego azul y estrellas blancas en la cabeza. Se convierten en un caballero tigre que esgrima, altivo y con la mirada tan cobriza como el resto del cuerpo, al monstruo de la desesperación. Casi siempre ése es el momento en el que las calles, como si de mujeres hipnotizadas por su fuerza y dominio del arma más poderosa que es la resistencia se tratara, caen a sus pies. En el descanso entre una batalla y otra, bufan sus dolores al viento para recibir del otro lado la fuerza que ha de permitirles continuar. El triunfo obtenido lo dedican a la mujer que los multiplicó en el otro lado del viento y a las madres de todos los guerreros que aún pelean.

Si por algún motivo caen en la contienda, los caídos mueren sin queja alguna, como lo exige el código de su raza. Y si por algún motivo perdieron injustamente, sus seres amados les construyen a su alma una tumba-universo de colores ocres con su llanto, aquellos cantos infantiles, las memorias de la inocencia del trazo del guerrero muerto por entre las milpas secas, y el temple de quien está seguro que todo en este lugar es transitorio. Envuelven sus regalos intangibles y los perfuman con el aire de la tarde que descansa en los recovecos de un país entero que los pensará nubes, porque no tuvieron tiempo de nombrarlos. Los colocan calladitos, a un lado del guerrero muerto, y esperan a que les caiga el beso de la luna que toma a cada espíritu con su mano y los lleva a caminar por la Vía Láctea.

La parte densa de los inmigrantes nunca es reclamada por sus espíritus. Ellos, en un acto heroico, ordenan a sus seres el dejar sus cuerpos en el lado del enemigo. Más que una afrenta, consideran un acto de honor el que el enemigo pueda ver, palpitar o degustar la vida tal y como lo hicieron ellos. Por eso es que no maldicen al sentir cómo las córneas, el corazón o el hígado son arrancados de su ser cual carroña, cuando el enemigo-hiena piensa que ya no sienten más porque dejaron de dormir el sueño núbeo que los condujo hasta su caníbal territorio.

Liberados, ahora casi blancos de tanta luz selene proyectada en sus rostros, los inmigrantes caídos en la guerra suben a esa otra capa de la estratósfera. Desde ahí, cuidan a sus hermanos que guerrean en el mismo pedazo de infierno. Alzan sus copas por cada triunfo y cuentan historias de maíz y mezcal juguetones a los niños que se quedaron esperándolos, cuando antes de ser dioses, todavía eran padres o hermanos de familia.

No hay comentarios: