Pasé por el bar Iguana. Ni un alma parada ahí. Los meseros tenían en sus pupilas las caras de sus hijos abriendo los regalos de navidad que el señor de la panza roja y su dudosa costumbre de sentarse a los niños en las piernas les trajo.
La iguana estaba sola cuando me dirigí a la Plaza de Armas. Al regresar, sobre la calle de Morelos, una iguana le dio posada a un grupo de jóvenes que tenían en sus pupilas la cara del fantástico regalo de navidad que le trajo el mismo señor de la idea de arriba, diez años atrás.
Me fui a la alameda: las iguanas deben ser para el trópico. Y aunque tengamos 20 grados de temperatura, esto es un valle y ya.
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Hace 7 horas

2 comentarios:
"Los meseros tenían en sus pupilas, las caras de sus hijos, abriendo los regalos de navidad..."
Una de esas frases que quedan reverberando en la cabecita después de leerla...
Me quedé pensando...
Recibirán muchas denuncias por pederastas los Santa Klaus Kinskis???
Um Beijinho Marlén!!!
Yeah Marcelo... los solitarios nos la pasamos mejor en nuestros mundos.
Jajaja! No lo había pensado, pero por lo pronto un santa impostor mandó al patio de los callados a varios gringous...
Otro bejinnho para vos!
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