Transcribo los cuentos de mis hijas (unas de tantas) y me pregunto qué va a ser de sus vidas, cuando lo peor -el encierro- haya pasado y deban sumergirse en la profundidad de la crueldad humana.
Admito que me pesa escribirlas, vivo con ellas otra vez sus inquietudes, las precoces y las reales, los aromas perdidos. Reescribirlas a ellas, las tránsfugas de la modernidad, reescribir sus temores y sus sueños (todos empapados de televisión y deudas sociales inacabadas), me regalan una noche en la que no sé si llorar porque no sé qué cosa es el destino (si es que existe), o si reírme porque la realidad está en los ojos de algo más alto de aquello que vemos y entonces hay una posibilidad de creer en otra posibilidad para que ellas crean en sí mismas.
Ojalá que todo fuera un relato, cantado o escenificado. Ojalá que con escribirles un nuevo cuento su historia negra jamás volviera. Ojalá.
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