Fluir, sólo fluir. Palabra fácil para un anacoreta, un yogui. Para mí, un reto.
Fluir, ver el anverso de la mano y entender que las líneas son los ríos. Acomodarse silenciosamente en ellos hasta aprenderse sus nombres y saber cantarlos con amor y respeto, siempre fluyendo.
Fluir, acaso haya sido el primer verbo olvidado en el mar por el hombre moderno, el de la agenda, el perdido en la segmentación del tiempo, la escala para medir los valores que al final no importan tanto.
Fluir. Después, agradecer. Ya la vida es otra.
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