Alta y parsimoniosa, camina por el pasillo blanco y angosto una tarde de julio regalado (le gusta pensar que vive en otra parte del orbe, donde puede imitar manatíes y cajas registradoras por igual). El vestido puede ser de un color cualquiera, lo que reluce es su pelo azul, tan azul como las chanclas con las que pasea el viento de la tarde. Esparce a su paso flores de insecticida con sus pétalos de loto occidental sometidos al miedo infinito a las alimañas que saben de materias innobles, como la soledad. No platica más de un cuarto de detergente en ciclo suave. No olerá más allá del suavizante antiarrugas, su mayor enemigo aparte del tiempo. No escuchó la canción del mediodía por exceso de sueño y no escucha al grillo escondido detrás de la nube tóxica que los envuelve a ambos, al grillo y a ella, la novia de la lavandería que una vez tuvo un ajuar para el amor.
RoboCop 1987
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El autor, mexicano, fotógrafo de moda y de modelos, recaló en Nueva York en
la década de los ochenta y en esa ciudad se quedó a vivir. No fue tan
difícil a...
Hace 7 horas

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