El gran ausente en la inauguración de las olimpiadas fue Morrissey.
Seguramente él habría sido el único capaz de darle un sentido profundo a
la temática de los juegos (o cantar "The Queen is Dead", para dar por
terminada la parafernalia londinense). En verdad ha sido el horror mirar
veinte minutos la repetición: de pronto se volvió comprensible el
origen de la trivialidad que nos acoge en estos tiempos. Una que ni
siquiera la propia revolución industrial habría podido justificar, medir
o pronosticar.
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