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martes, 14 de abril de 2015

Mi Lado I, en Radioinfonor / Rapsodia del Aire


Primera parte:

http://www.infonor.com.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=67191

Segunda parte:

http://www.infonor.com.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=67190

Algo sobre Günter Grass - El Rodaballo

MITOLOGÍA DEL ABSURDO

Se pueden escribir los versos más tristes esta noche, pero la verdad es mejor hacer zapping. Brincar de un canal a otro da la sensación de vivir muchas vidas en diferentes mundos y tiempos, sobre todo cuando el mecanismo especial dedicado a ello, el sueño, esta noche no llega. Da inicio el paseo por el museo del horror en que se convierte la tele en el último trimestre del año (un mismo enano puede interpretar un troll y luego un duendecillo juguetero, los olores referidos pasan de la sangre cuajada a la canela de abuelita, y el miedo al inframundo se evapora entre pavos y compras para culminar en el pico del pinito): futbol… no, porno light… mmmh, sartenes mágicos (sin comentarios), VH1… Ok.

Vivir el VH1 en esta época es como prender la tele para vivir el MTV hace quince años: se asoma a ver qué queda del ayer, se abren un poco los ojos para dejar entrar las imágenes. Salen mujeres de los años treinta bailando tangos, una madre y su hijo tendidos en una playa nuclear, músicos de Europa oriental en un barco subiendo saxofones, unos individuos emulando a Orfeo tocando unos organitos frente a una artificial puesta de sol, sirenas de juguete sensual, naves de guerra con fórmulas de la relatividad inscritas, aviones, los mismos individuos cantando de manera apocalíptica, sicodélica, haciendo voces de altoparlante en discurso y borreguitos sensuales… y langostas. Muchas langostas.
Rock Lobstee-e-e-e-e-r.

1978. Los colores chillantes y la actitud frenética de la banda B-52 en el fondo era una actitud de miedo, y no tanto por el absurdo que enseñan. Realmente están azorados por el asunto de la posguerra y la mofa creativa les viene bien de escudo. ¿Psicodelia o necesidad de expresión? Quien lea la letra encontrará un sinsentido: animales acuáticos que se pelean y andan en bikini, una fiesta juvenil y shalalá. Pero, ¿por qué hacen estas cosas esos animales? ¿Por los efectos nucleares o porque en ese año la onda creativa se puso barroca, impredecible?

Quizá ese año la inspiración llegó de frente y los más alocados la transformaron en Rock Lobster, la primera canción de una banda underground en llegar al número 56 en el Billboard. Es inevitable dejar de imaginarse estampas de quienes la oyeron: los juveniles senos cubiertos por una blusa de colores en barras horizontales, los muslos en shorts rozando el tocadiscos, oh, sí, quién fuera libre para irse de reventón a la playa, tener piel de langosta…; la muñeca inflable que baila sin parar con el chico de los frenos: Y espérate, nena, sé tirar jugo de naranja por la nariz…

Pero tal vez también la oyeron otro tipo de personas. Por ejemplo, los clásicos que se ven en la Wikipedia con lentes de aro de pasta, camisa arremangada y actitud de genio volador. Escritores. Ahí está Carlos Fuentes, escribiendo y publicando La cabeza de la hidra, interpretando la podredumbre que es el sistema petrolero mexicano a partir de una imagen mitológica, hablando del deseo como impulso: tal vez se quedó con las ganas de bailar la canción en alguna disco, con alguna italiana, pero no lo dejaron entrar por parecerles a los de la entrada un tanto viejo para esos menesteres. Entonces la revancha: yo la bailaría mejor, yo le habría puesto mejor letra. Entonces las múltiples cabezas. Ergo, una novela innovadora, desmitificante en su propio universo mitológico.

Ahí está Gore Vidal publicando, también en ese año, Kalki, y con ello el tema de los avatares de Visnú y el apocalipsis inaplazable. Si llegó a escuchar la canción, de seguro le dieron ganas de matar al mundo, y por eso esta novela.

Sin embargo, el que más sospechas levanta es Günter Grass. Eso de que en ese año publicó un libro de un pez parlanchín parece altamente sospechoso. ¿Y si un día de esos en los que no estaba en su estudio, de pie, junto a sus Goyas, escribiendo alguna novela corta, se fue a algún pub y de lejos vio a una rubia inasible, moviendo las caderas al ritmo de Rock Lobster? Bigotes de Günter remojados en whisky y deseo, lentes de Günter aterrizados a la realidad. Las mujeres son diosas y son animales parlantes, no razonables. Las mujeres tenían el poder y nosotros lo echamos a perder, entre guerras y patriarcados con fundamentos pueriles. ¿Quién nos habrá asesorado? ¿Quién fue el primer crédulo que creyó que podíamos? Miren, la posguerra. Alemania, somos un fiasco: matamos tu lenguaje, estamos rodeados de ojos…

Nace El rodaballo, la obra más barroca del polifacético artista que cocina, esculpe, dibuja, hace poesía y música, además de ganarse un Nobel y legarle a su país una mirada excepcional de lo que es el sentido de la matria y la patria que se han dedicado a edificar, luego a imponer, luego a deshacer, luego a volver a edificar… Un escritor que es desdeñado desde la entraña germana por poner en evidencia asuntos de origen y desarrollo de una cultura tan legendaria como controversial.

Es una de las novelas más divergentes y ricas, muy al estilo del concepto de novela que daba Alexander Döblin, cuya obra maestra, Berlin Alexanderplatz, es un escenario de contraposiciones, digresiones, estampas… La fábula nunca se había revestido de un sentido de ironía como la entregó Grass en esta obra, basada en el cuento de los hermanos Grimm, El pescador y su mujer. Barroco, loquísimo, culinario, estupendo, libre. Así se siente a Grass en esta obra que inicia con el encuentro de un hombre del neolítico (que igual pudo ser uno del siglo XXI) con un pez estrábico que le propone asesorarlo contra el poder femenino a cambio de conservar la vida. El hombre, que renacerá nueve veces para acompañar a las nueve mujeres que ahí aparecen a lo largo de los nueve capítulos que aluden a la gestación, caerá en una red insaciable por obtener, mantener y acrecentar el poder, siempre actuando de manera absurda, risible, irónica, tajante… Masculina. De la súper nodriza-diosa a la cocinera del siglo XX, la mirada femenina transitó los famosos tempotránsitos a los que alude esta obra en forma de musas lelas (aspies, para ser políticamente correctos, hoy), abadesas que se burlan del Papa, walkirias enojonas, brujas frígidas, etc.

La degradación del poder femenino es expuesta en la metáfora del fuego arrebatado a la mujer, que se desplaza desde el cetro que implica tener tres pechos hasta dar a la cocina, donde finalmente pueden ellas seguir tejiendo su estrategia, en esta lucha milenaria de sexos que en la novela culmina en el siglo XX en un tribunal feminista donde el pez debe exponer los motivos de su conducta machista.

Dicen que esta novela abarca los cuestionamientos que Günter solía hacer sobre la problemática de una década específica (habría que recordar El tambor de hojalata, La ratesa, Es cuento largo), en este caso, la de los setenta: el fervor del feminismo y la posguerra. Debe ser cierto. Pero es inevitable pensar que hubo una vibra rara que incitó a muchos a regresar a la mitología, ese caos engendrado por dioses, para justificar el nuevo caos, engendrado por los humanos, que traía consigo la Guerra Fría.

En definitiva, más que ser el año de la psicodelia, fue el año de la interpretación del miedo y el caos a través de la mitología y el absurdo, que mezcladas hicieron la mitología del absurdo: El rodaballo, Kalki, La cabeza de la hidra… Y hasta Fassbinder filmando En un año con trece lunas, y John Lennon reconociendo en Rock Lobster la influencia musical de su mujer, inspirándolo a regresar al medio.

Apagar la tele y dejar la casa llena de seres mitológicos es el siguiente paso. Luego, tal vez la fiesta, luego, el sueño y la rutina al día siguiente. El mundo gira, después de todo.