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viernes, 31 de diciembre de 2010

domingo, 26 de diciembre de 2010

Es en estos días infvernales cuando me reprocho dos cosas: no haber escrito lo que leo y no ser guionista para hacer buenas series de tv...

martes, 21 de diciembre de 2010

NEURÓTICOS ANÓNIMOS

La preciosa mujer de manos ultrafinas llegó para sentarse en aquel banco un viernes cualquiera. “Hola, soy María, pero me dicen Santamaría de los Alacranes. Soy alérgica al pelo de los perros, a los cambios de estación y al polvo, y soy obsesivo-compulsiva. Realmente, pero lo digo de verdad, es un gusto estar aquí”, dijo mientras se alisaba la falda a cuadros morados que portaba, impecable y totalmente a la moda.

Santamaría de los Alacranes tenía muy mal genio. Solía ser cruel y exigente con sus súbditos y gustaba de omitir cada una de las reglas proferidas por alguno de sus jefes, que, para gusto suyo, no valían un centavo “ni como hombres ni como jefes ni como nada”: a los flojos, entre más pronto los mandes a dormir, más tiempo te dejan para hacer lo tuyo, decía. Por esa razón, le adaptaban chistes como “Santamaría es tan enojona, pero tan enojona, que si un día llega a desmayarse, en vez de volver en sí volvería en no”. A ella no le causa ni gracia ni molestia: “Son hormigas humanas. Con ellas no tengo tiempo de pelearme”.

Nunca reía. Tampoco era de las que frunciera el seño. Odiaba las arrugas, igual que odiaba ver las carpetas fuera de lugar, que su taza de Picasso traída desde Chicago estuviera mal lavada; que las blusas, originalmente ubicadas a imagen y policromía de su ordenadora, perdieran la armonía del color (“el magenta es más oscuro que el malva, idiota”, le decía a Joaquina, su sirvienta), y, desde luego, que los pantalones y las faldas quedaran mal planchados, mal colgados y totalmente arrugados.


Tampoco salía. Solía pasar su tiempo libre revisando que todo estuviera bajo control. Empezaba por el escritorio y terminaba siempre en el ala suroeste de su amplísimo
vestidor, que contaba con doscientos pares de zapatos debidamente etiquetados y ordenados por temporada, colores y tamaño de tacón.

Fue extraordinario, entonces, el flechazo que Ruperto dio contra la mujer maniquí.

—Hola, María (porque aquí te llamaremos por tu nombre, no por tu apodo). Es un honor tenerte como nueva integrante de Maniáticos y Neuróticos Anónimos. Soy Ruperto, líder de la banda. ¡Vengan esos cinco!

Y el señor vestido de jovencito ochentero (pantalones deslavados, camiseta de los Scorpions a medio fajar y tenis Nike del año del caldo) se rió estruendosamente de su propio chiste.

Todos aplaudieron, gustosos, como cuando la gente va al circo o a un programa de televisión y aplauden por la inercia de las carnes en movimiento de las edecanes. Ruperto le abrió sus brazos a la mujer recién llegada, como emulando el perdón papal y reconociendo una oveja más extraviada, ahora vuelta al rebaño. Pero Santamaría de los Alacranes se limitó a decir:

—Espero que aquí haya desinfectante para las manos. Mi silla tiene una desagradable mancha en el costado izquierdo y acabo de poner los dedos ahí.

Y todos rieron. La mujer pensó que se había equivocado de lugar y había ido a una junta de Chistólogos Desempleados Anónimos o Babosos Anónimos.

—Lo que haremos será desinfectar tu alma, María. Sabemos que en el fondo has sufrido bastante. Adivino: ¿tu madre te obligaba a tenderle la cama a tu hermanito? O mejor aún: ¿en casa te estigmatizaron porque eres brillante y lavar trastes no era lo tuyo? Nadie de los que estamos aquí se ha convertido en un neurótico o maniático nomás porque sí. Mira, siéntate al frente de las filas para que veas la película que te voy a poner.

Y entonces, pasó lo que...

—Sí, papá. Que a mi mamá le encantó ese gesto tuyo de hacerla sentir una reina. Te lo confesó una noche de amor cálido en el Mirador del Ojo de Agua. Dijo que amó de ti tu insignificancia, tu don de la adivinanza y tu humildad ante ella, pues la trataste como la reina que nadie había respetado. Y cuando te lo dijo, tú la amaste para siempre. Sí, yo la habría adorado, de haberla conocido, pero murió el día que estaba naciendo yo al no querer pujar. Odiaba las arrugas y no quería corromper su bellísimo rostro… Ya vamos a dormirnos, papá. Mañana debo llegar al CREE muy temprano. Te daré una sorpresa, ya lo verás.

Agustín finalmente movió un poco su piecito derecho, haciendo una pirueta con Susie, la niña que me recuerda tanto a María retratada de pequeña.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Sueño profundo

Y cuando el sueño irrumpe, la materia se queda ahí, inerte, inmune. Dejemos de pensar que la existencia está en la cama que soporta la materia. Yo jamás me he visto al dormir. He soñado verme en una cama que se parece a donde habitualmente duermo. Ignoro si hay vida en mi cuerpo. Nadie me dice si realmente lo estoy soñando, o si es que estoy mirando cómo esa masa que lleva mi nombre -¿y desde cuándo mi esencia ha sido nombrada?- está ahí, muerta, esperando a que venga la energía proveniente de no sé dónde, para continuar lo que se ha dejado en "pause".

Hay algo que deja de ser cuando cerramos los ojos. Ninguno de nosotros está ahí para saber qué es de nuestros cuerpos al dormir. Cuando dormimos nos volvemos una batería recargándose, un montón de energía que se acumula para luego ser descargarda al día siguiente en la construcción de un escenario de mil kilovatios por minuto erigido con la ayuda de miles de seres invisibles que reconstruyen el microuniverso que nos agobia.

Hoy no me quiero dormir. He descubierto que quien me auxilia, a veces olvida poner las cosas en su lugar. Lo sé porque desconozco mi cara, esas frases, eso que fue hace mucho y yo lo dije. Los objetos que están como de adorno y no uso.

Cada día que pasa me cuesta más trabajo permanecer 16 horas en acción. Algo en mí se está borrando. Algo así como la expiración de la batería por un "sobreuso" no permitido. No se trataba de desobedecer las leyes divinas, se trataba de tatuar en la memoria los fragmentos que el sueño nos arrebata al dormir. Ahora es muy tarde para pedir perdón. Me desvanezco en el sueño profundo.

Llega la hora. Mi cuerpo se rinde. La sombra del terror me cubre por completo: ¿Y si despierto y olvido ese nombre o su nariz? ¿Y si en un solo segundo se me desdibujaran aquellas horas construidas?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

30 sin Lennon

Treinta años de que Lennon se fue. No lo siento tanto por Lennon, sino por el recuerdo que tengo de los primeros 10 años de su ausencia.

Tenía yo siete años cuando me enteré que John Lennon existía. Los Beatles, esos cuatro señores que cantaban cosas pegajosas, ya medio habían sido registrados en mis oídos. No sus nombres. Yo descubrí el nombre de John Lennon el domingo 8 de diciembre de 1990 por tres fuentes directas: el otrora canal 2 de Monterrey, mi papá y mi primo Carlos.

Cada domingo visitaba, junto con mi padre, la casa de mis primos. Esa vez estaba sólamente Carlos: el resto de la familia se había ido de viaje y ni mi papá ni yo nos habíamos enterado. Tanto mejor. Ese domingo pude conocer algo más que la familiaridad del trato de mi primo. Melancolía por las cosas lejanas, le llaman ahora los postmodernistas. Yo más bien digo que es añoranza por tiempos que no alcanzamos a vivir.

Los tres -mi papá, Carlos y yo- fuimos a comer al Kentucky (ya no hay temor de decir gooool, porque la marca ya no existe. Es más, el Coronel Sanders seguramente estará descansando en paz ahora). El día era absolutamente gris y el sopor de las familias aletargadas hacían pesado el trayecto de la jornada dominical. Comimos bien, Carlos me hacía muecas y mi papá andaba como perdido (tal vez crudo, no sé). Salimos del restaurante. Fuimos a la Alameda.

Como siempre fui de lento comer, me llevé la gelatina mosaico por los pasillos. No sé si en aquel momento me daría cuenta de ello, pero ahora que lo recuerdo creo que tenía más color la gelatina que la tarde en sí. Los jueguitos eran de color metal. La cara de mi papá con el ejemplar de La Jornada bajo el brazo me invitaban a dormir una siesta:

-Mira, Charly. Hoy hace diez años que mataron a Lennon.
-Sí, tío -y en Carlos se vio un destello igualito al que tienen los adolescentes cuando alguien los ha interceptado en sus rituales propios. Carlos se había quedado en casa para conmemorar la pérdida de, tal vez, uno de los personajes más influyentes en su adolescencia. -Ya diez años, ¿cómo ve?

Está de más decir que a mi infancia ávida de colores y juegos no le importó un ápice el hecho de que un señor con nombre irreproducible tuviera diez años de muerto. Esperen: ¿dijeron diez años? Yo sólo tengo siete. ¿Muerto? La palabra muerte pocas veces se asoció con tal nitidez como la tarde plomiza (no creo que toda la gente de la Alameda supiera que Lennon tenía diez años de estar muerto) de aquel domingo. Desde entonces pienso que la muerte debe tener fiaca, síndrome depresivo o vive en Groenlandia: siempre llueve o hace frío cuando los míos se han ido.

Llegamos a la casa de mis tíos. Eran como las siete de la tarde. Todo oscuro. Las cortinas descorridas aún y ni un rayo de luz filtrándose por ellas. Una casa que otros domingos tenía tanta vida, esa vez parecía estar muerta. Pensar que debía esperarme una semana para poder ver a mis primas me parecía una eternidad.

Papá puso café y en lo que esperaba se sentó a ver la tele de la sala. Joserra no se entendía muy bien porque la señal de Imevisión no siempre llegaba a Little Jump como dios manda, por lo que era casi exasperante oír un "El Cruz Azul guashhhsuuhhhaa en el partido de ayer contra msszzshsshhh...". Oí barullo en el otro cuarto. Era la otra tele. Entré y vi a Carlos sentado frente a una cajita negra con cara triste. Me pareció extraño verlo a él en esa postura. Casi no veía televisión.

-¿Quién es ese señor?
-John Lennon.
-¿Ah, al que mataron?
-Sí, ése.
-¿Y cuándo fue?
-Un 8 de diciembre de 1980.
-Ah, 8. Como hoy. ¿Y qué le hicieron?
-Le dispararon.

La paciencia de Carlos contrastaba con el blanco y negro del entorno. Vi la cara de Carlos entre las sombras, como en negativo de fotografía. En blanco y negro estaban pasando las imágenes del programa-homenaje a John Lennon transmitido por el canal 2 de Monterrey: Una a una, la cara de Yoko Ono (años después me enteré del nombre) abrazada a John. John con su traje beatleriano. John todo peludo diciendo que hicieran el amor y no la guerra. John sentado al piano cantando Imagine. Imagine de fondo con notas en teclas de piano color blanco y negro. La noche más negra que el azul grisáceo que daba la televisión de perilla. Qué noche más triste. La pérdida a veces también tiene que ver con la luz que se escapa de un día, y yo ese día sentí que se me había escondido la luz, teniendo a cambio sólo blancos y negros, empezando por las páginas de La Jornada que captaban más la atención de mi papá que mi presencia.

El programa se acabó. En algún momento oí la de War is Over. Era como para ponerse a llorar, viendo las escenas (no sé por qué demonios las pusieron, si ni venían al caso) de miles de muertos por hambre, el holocausto. (A la fecha yo no he visto que las canciones de Lennon paren el hambre o que se hayan hecho fundaciones en pro de los niños hambrientos portando títulos de sus canciones o el nombre de Lennon mismo. Debe ser porque el Arte y la Filantropía -si es que mortificarse por los africanos y los pobres cabe dentro de la categoría- aún no encuentran el cóncavo y convexo que encuentran los amantes a la hora de hacer el amor).

...
Treinta años de que Lennon se fue. No lo siento tanto por él (tarde o temprano, el hombre se iba a morir de todos modos), sino por el recuerdo que tengo de los primeros 10 años de su ausencia: el blanco y el negro desde entonces significan la plenitud y la ausencia a tal extremo que he llegado a pensar que se confunden y son una misma.

Ahora que tengo 27 años, percibo una laguna enorme: miro a distancia y, a 20 años de haberme enterado de la partida de Lennon, yo me quejo más de la pérdida de la infancia que de la ausencia del ex-beatle. O más bien me duelo de aquel domingo en que mis ojos se abrieron tanto como para ver que estaba -como el resto de los seres humanos en este mundo- completamente sola, acompañada, acaso, de alguien que espera silente y sólamente una vez te saluda: la muerte. Y detrás de todo lo demás, persiste una vida que ebulle a merced del ánimo de los rayos o del ímpetu con el que uno se haya levantado en un día específico.

En estos treinta años sin Lennon (comienzo a sospechar que entre él, Maradona y el Ché muy pronto tendremos a un Jesús desplazado: la religión es fanatismo, no misticismo, en estos tiempos) agradezco que hoy haya amanecido con sol, aunque el frío esté algo bueno. Y aunque haya perdido media hora de mi tiempo (debo hacer un ensayo del amor según el Libro de Buen Amor -que cómo me está fastidiando, pero eso ya lo contaré en otro momento-), creo que era necesario insistir en esa imagen que me ha acompañado por más tiempo que otros eventos de mi vida.



domingo, 5 de diciembre de 2010

Algunos apuntes de la FIL (I de sabe cuántos)

No sé si esté engentada o simplemente me sienta con una fatiga crónica (he dormido en promedio unas 16 horas a la semana desde hace un mes). La cosa es que estaba esperando a sentir menos cansancio para poder escribir algo decente con respecto a la FIL de Guadalajara. Ignoro si habrá días mejores, pero a como voy, prefiero dejar este post.

Gracias al Lic. Salvador Álvarez de la Fuente, enlace del Programa Nacional de Salas de Lectura, por haber creído en esta mujer (mitad artista, cuarto de loca y rebelde y cuarto de idealista) y llevarme hasta Guadalajara para que yo conviviera con gente que está haciendo una labor hermosa en torno al fomento de la lectura en sus lugares. Traje conmigo varias estampas y sobre todo, ideas, que espero poner en marcha a partir de YA (odio eso de calendarizar conforme a eneros y esas cosas). Después de ver algunas caras y conocer muchas historias, realmente me siento chinche respecto del trabajo que he venido realizando en torno a la promoción de la lectura (que, como dice un escritor amigo mío, no redime al pueblo, pero que personalmente considero es la única manera de reivindicarles poco a poco la voz que han perdido algunas personas a lo largo de mucho, mucho tiempo).

Mi agradecimiento sincero a los escritores que conocí después de haberlos leído, a los que volví a ver, a los que sé son mis amigos -aunque les cueste trabajo aceptarlo-, a los que son de tipo aparador, a los farsantes con una gran capacidad de persuasión -he ahí por qué son publicados-; a los que en mi vida había oído nombrar y recién los acabo de descubrir -en su mayoría extranjeros- y a los que pensé estaban como en otra dimensión, de tan lejanos que se veían. Conocerlos cada vez un poco más me permite explorar ese lado que todo escritor lleva consigo y que consiste en formarse un personaje para defender los suyos, es decir, sus creaciones. Siempre es maravilloso entrar en juego (por aquello del contacto lúdico al que alude Gadamer) con quienes se dedican, igual que yo, a crear otros mundos.

Gracias a los jóvenes que se me acercaban en la FIL para platicarme sus dudas y sus planes a corto plazo. Por alguna razón tengo imán con los engendros. Debe ser que algo en mí aún no madura. A ellos les dedicaré las ganas de hacer cosas en el mundo de las letras, es maravilloso tener de cerca tanta energía, algo así como amor por la vida.

Y hablando de vida, ojalá que las ferias de los libros no nada más se conformaran con mostrar cientos, miles de libros a expositores, editores, bibliotecarios, maestros o promotores: creo que toda feria del libro (pero especialmente ésta, por sus dimensiones estratosféricas, su difusión y su posicionamiento en el mundo literario, tanto a nivel de mercado como de difusión cultural) debe siempre mantener muy de cerca que la literatura persistirá de acuerdo al grado de vitalidad que se le inyecte, vitalidad que únicamente podrá aparecer y mantenerse en gran medida por la interacción que las letras y los ojos, las manos y la vida cotidiana haga a diario, sin importar los gustos, las edades o la capacidad adquisitiva.

Y gracias a mi Guadalajara, por ubicarme en tiempo-espacio: definitivamente ya no es la ciudad que yo dejé, pero me recibió con el mismo amor de siempre. Extrañaba el olor de sus calles del centro, el de los supermercados (porque, si no lo sabían, cada supermercado de cada ciudad huele distinto), el del trajinar de los tapatíos que siguen oyendo boleros a las siete de la tarde, las rutas que son totalmente ajenas a mí porque, o yo ya no las recordaba, o de plano eran nuevas (sí, mis estimados, me perdí en Guadalajara el primer día que llegué). Gracias por regresarme la amistad y el amor de mi mejor amiga, Marah Duarte, una mujer incansable que se ha superado a sí misma y a su entorno, poniendo muy en alto lo que realmente significa la palabra mujer.

Ahora sí, a trabajar.

A merced de tu boca Olivetti. Las fotos.



















"A merced de tu boca Olivetti" es un proyecto personal que surgió tras la iniciativa del maestro Javier Treviño de hacer un taller de arte objeto dentro de la clase Crítica del Arte Contemporáneo.

Elegí hacer una crítica del papel de la mujer dentro de la literatura mexicana (y por qué no, latinoamericana) en los últimos 50 años, he ahí por qué hay tres personajes principales dentro de esta instalación, si es que puede llamársele así. Recordemos que, ante todo, soy escritora y no artista plástico, aunque no niego que esta experiencia me ha dejado tantas cosas buenas que estoy tentada a continuar explorando, mejorando y jugando más con las texturas que ofrece la plástica en general.

El primer personaje representa a la mujer que ha conseguido estar dentro del ámbito literario comprando sus propias publicaciones. Para ella, la literatura es un elemento más de su atuendo. Por eso tiene en el suelo una bolsa-libro: ella no crea y no disfruta. Sólo compra. Lo anterior se consolida con la mesita que está a la entrada: enfundada en un mantel de la misma tela del vestido, deja souvenirs con tarjetas en finísima opalina en blanco perfumada de Liz Claiborne. La chica no tiene nada qué decir.

El segundo personaje es la mujer que ha publicado sus viscerales escritos a base de venderse a sí misma. Su literatura es pobre, pero normalmente es reconocida -junto con la literatura del primer personaje-. Las piernas abiertas hacen que igual para un libro lleno de líquido seminal que reciba un miembro más para tener otro libro en puerta.

El tercer personaje es la mujer que realmente es el soporte de la literatura. Es anónima la mayor parte de su vida -algunas incluso lo han sido hasta después de su muerte-. Pero sus letras están cargadas del sentido estético y literario que hacen que la literatura femenina (ojo, no confundir con feminista por favor) tenga un espacio decente dentro de los esquematizados conceptos que el público en general tiene de la literatura hecha por mujeres. Es el tipo de mujer que hará que al final del cuento, y cuando las publicaciones de las otras dos se olviden o se manchen de perfume o bilé, las letras resurjan como una especie de paraíso prometido, algo olvidado que al ser descubierto reivindica la magia de la creación por la creación misma y no por el sexo (hablando en términos del género). Decidí hacer una especie de muñeca-canción, o mujer-poema, repitendo el "eres tú", con todos los tiempos del verbo ser conjugados a merced del sustantivo que lo acompaña. "El olvido has sido tú", "La voz eres tú", "La memoria serás tú".

La posición de cada maniquí-escritora no es al azar. La mujer flotante está ahí porque ese es el lugar que ella ha adquirido. La de piernas abiertas es en donde mejor se siente, y la otra realmente disfruta de hacer contorsionismo con su cuerpo: para ella las letras no son motivo de glamour, sino del proceso creativo en sí y de la libertad que se debe tener para poder parir algo bueno.

Creo que los dibujos tipo boceto ayudan a explicar un poco mejor la intención de mi trabajo. Van desde modelos "haute litérature" hasta la armadura para la guerrera literaria. Las acotaciones tipo revista "Harper's Bazaar" los tomé de un ensayo literario de Adelaida Martínez, el cual lo pueden checar en http://www.sololiteratura.com/fer/ferfeminismoylit.htm.
Un poco de sarcasmo, nada más.

Quise hacerlo en forma de pasarela porque considero que a la mujer aún se nos sigue viendo así: como una pieza prêt à porter -por esa razón el tercer maniquí está descuadrado respecto de la "pista de modelaje"-. Sin importar cuántas páginas se nos hayan publicado, todas hemos sido, al menos durante 5 minutos de nuestra existencia, un objeto listo para usarse, una joyita digna de presumir en las altas esferas literarias, políticas o artísticas en general. El título lo saqué de un poema mío al darme cuenta que ese verso en solitario también funcionaba bastante bien para escenificar lo ya escenificado: las mujeres de mi historia están a merced de lo que les diga su propia Olivetti (de lujo, de cama o de trato rudo).

Mi intención a la hora de hacer todo esto no es el que la gente se lleve la amarga canción de crítica de una veinteañera que roza los treinta, sino el reposicionamiento de las letras mexicanas dentro del ámbito creacional. Es decir, cuestionarnos si todavía podremos sacar el estereotipo que nosotras mismas hemos marcado con nuestras seductoras acciones -que poco o mucho le han valido a la escena literaria mexicana- y saber si lo poco o mucho de bueno que hemos logrado pueda ser reduplicado a favor no de nuestro género, sino de la literatura en general.

Una vez explicado mi pequeño mundo, espero les agrade lo que me costó casi un mes y medio de elaboración. Gracias por sus ojos.

lunes, 29 de noviembre de 2010

martes, 23 de noviembre de 2010

Vivir en Marte un martes

Me gustaría vivir en Marte este martes. Alguien me dijo que los martes, a la gente que padece el síndrome del tiempo ajustado lo mandan a Marte, le canjean 24 horas humanas por 72 marcianas, y aquello se vuelve vida y diversión. Las horas que sobran las puede uno usar en Venus, floreciendo el amor -esa "cosa" que los enfermos del síndrome añoran abarcar al-mis-mo-tiem-po que sueñan hacer todo lo que su mente les viaja en sus sueños de las cuatro de la mañana- en tal cantidad, que los enfermos olvidan sus temores y todo lo desesperante se vuelve una hormiga sideral.

sábado, 20 de noviembre de 2010




Además de las adelitas, los corridos, el nacionalismo a ultranza y las estampitas, ¿qué fue lo que el 20 de noviembre nos dejó?

viernes, 5 de noviembre de 2010

MANCHAS

Las ciudades tienen identidad, menos ésta, donde se vive. Siempre aludiendo a algo o a alguien. Nada propio para aquello que se nos muestra alterno. Nada de sí para lo que hay allá afuera. Nos allegamos de ruidos ajenos hasta caer en el silencio. Sólo el silencio salva a las ciudades como ésta: te obligan a escuchar cuántos latidos llevas y para cuántos vas caminando. Sólo el silencio nos permite ver cuántas manchas le quedan al sol hasta que reviente y nos congele la Tierra. Las manchas…

El hombre miró detenidamente el pequeño leopardo que se formaba en su mano izquierda.

—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… Jajaja. Qué curioso. Siempre quise ser un tigre y a lo que pude llegar es a leopardo… Catorce, diecisiete… ¿Dios también escribirá, como decía Borges, en las manchas-leopardo de los hombres?

—¡Shhh! Esto es un museo, señor, no una cátedra —dijo con voz suave pero firme una dama de edad incalculable: su vestimenta era una convocatoria a lo más excelso de las modas probadas y exitosas; su cara, una competencia entre el pasar y el detener.

—¡Alguien me habla! Cante, cante otra vez sus palabras de reproche en mis oídos por favor. A cambio, le diré que está equivocada. Efectivamente, no estamos en una cátedra. Pero tampoco es un museo. Estamos en la Kalte Stadt o Ciudad Fría, de Paul Klee. Mire, párese aquí, justo enfrente mío.

Y la mujer, arqueando las cejas, caminó en dirección de su interlocutor.

—Tres manchas en el centro, como si la luna se desdoblara. Edificios con ventanas y puertas-manchas. Al final, uno siente que está entre manchas.

Sabe, la perspectiva de este cuadro es igual a la descripción física del origen de los hoyos negros: una mancha desdoblada se ha tragado el universo del cuadro. Imagínese: pudo haber un niño rebotando su pelota-mancha. Una paloma blanca, haber volado con su ala-mancha. Pudo divisarse la velocidad de una bicicleta por la calle, impulsada por el girar de la rueda-mancha. Pero no: los hombres y las palomas se han ido. Es una mancha multiplicada lo que persiste ahora.

…Y si la habitante, Marcela, mirara otra vez al cielo, sabrá que la diestra no es ya del padre. Es territorio de una mancha fría que platica con los hombres cuando creemos estar solos.

—¿Manchas? ¿Marcela? ¿De qué me habla?

—Hace no mucho, existió una mujer llamada Marcela. Vivía en lo alto de la casa más grande de la ciudad. Nadie conocía su rostro, sólo su efigie: Marcela nunca pisó el suelo que usted y yo lustramos a diario con nuestro andar. No podía.

—¿Por qué? —preguntó la mujer distraídamente.

—A Marcela le gustaba observar el mundo, tal y como usted y yo apreciamos las obras de arte. Elegía las horas más luminosas para poder descubrir lo que en las personas era algo tácito e incluso olvidado de tanto estar ahí.

—Marcela, hija, te va a hacer daño el resplandor del mediodía. Marcela, mi niña, aparta tus ojos de las seis de la tarde.

Pero Marcela no hacía caso. Para ella, las palabras de su madre semejaban el ruido que hacen los cubiertos al caerse de la mesa.

—Si la oscuridad es el regalo de esta vida para mí, quiero acompañarla de un silencio absoluto, madre —le contestaba.

—¿Entonces, estaba ciega?

—Marcela pudo apreciar perfectamente la congruencia de los nombres con las cosas hasta el día que aprendió a leer. Leía tanto y tanto que, dicen, pronto comenzó a superar la sabiduría de sus maestros. Un buen día, sin un por qué, desapareció durante tres días. La hallaron en un rincón, la boca seca y los ojos sangrando. Marcela había tropezado en su propia biblioteca, tratando de buscar la respuesta que mejor superara a la de aquella cátedra aburrida de su maestro de teología. Nadie supo cuál fue el objeto que lastimó los ojos de Marcela. El pueblo prefirió atribuirle que había sido un castigo de Dios.

—¿Pecado de soberbia?

—Venganza divina, pienso yo: Dios crea, dispone. Olvida. Pero en cuanto un rayo de luz lo opaca, regresa y reprime, avienta y vuelve a olvidar…

¿Escucha? El aire asiente y las hojas de los árboles que no están en este cuadro cantan la satisfacción de Dios.

—Usted está loco.

—Puede ser. Pero, ¿qué puede hacerse en medio del olvido divino, si no es jugar con ello y permitirse ser un leopardo en lo que llega la mancha a devorarlo todo cuanto se ha podido conocer?