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jueves, 17 de febrero de 2011

Écfrasis

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[Con este último ejemplo, entenderán por qué el alumno que convocó a Consejo no fue aprobado en su tesis de graduación doctoral sobre la Écfrasis en el siglo XXI].

miércoles, 16 de febrero de 2011

ECOS

Nosotros, los estudiantes pertenecientes a la última generación de la Licenciatura en Letras Cibernéticas con acentuación en Español Simplificado, nos mostramos felices de tenerlos de visita en nuestra Facultad.

Somos el primer grupo de homo videns a nivel nacional en mostrar un alto desinterés por la literatura de nuestros antepasados directos (los homo sapiens-sapiens), enfocándonos en construir –sin poner mucho esfuerzo- un modelo infalible para perder nuestro tiempo, creyendo que somos productivos a la vez. Con lo cual, como podrá apreciarse, nos jactamos orgullosamente de ser el primer grupo completamente inmerso en la dinámica del hedonismo nacido tras la multimencionada y nunca descifrada postmodernidad.

Inspirados en la filosofía de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius que leímos alguna vez por una coerción teledirigida proveniente de ciertos maestros caracterizados por su intenso ánimus jodendi (y por quedar bien en las charlas etílicas con alguno de nuestros hermanos mayores de la licenciatura), tenemos como misión abordar la experiencia de ser la última de las ondas del eco del grito de apreciación y creación literaria arrojado por los protoestudiantes de la primera generación egresada de esta Facultad, así como hacer realidad la cosificación de la estupidez en su máxima expresión humana, sentada en sillas poco ergonómicas de color azul.

Cabe mencionar que para lograr tales objetivos, nuestros maestros, cálidos doctores y sabios creadores, colaboran activamente (esto es, ejerciendo una docencia pasiva basada en la transmisión de conocimientos dosificados dentro de escenarios creados hábilmente por ellos mismos, los cuales rozan con el ritmo que imprime una fotografía en sepia; así como en la discreción con la que aportan elementos de indudable valor cognoscitivo, pero que saben no son requeridos ni por el grupo –mínima expresión del entorno social que habitamos-, ni por el contexto literario actual –visto desde todos sus ámbitos-, ni por la sociedad en sí) en la edificación de este proyecto conjunto, que no nació de la noche a la mañana, sino que ha sido pensado detalladamente en los últimos quince años, justamente cuando notaron la sobreproducción de personal cultivado para decir verdades con arte, voz y ficción (15:30)[i] y decidieron disminuir dicho nivel (1:90)[ii]. En parte por hacerle un favor a la sociedad de retirarles unos cuantos locos bien pertrechados que vinieran a infestar las calles y los lugares públicos con ópticas e interpretaciones macabras del ser humano y su condición como animal social, y en parte también por quitarse de encima a una competencia futura que les arrebatara de sus bocas el alimento de cada día.

Apoyados en fichas engargográficas (esto es, copias de las copias de las copias de los apuntes de diez o más generaciones atrás) y por el refuerzo de la Wikipedia como fuente veraz de información, nuestro perfil es ya conocido en la región por las bellas líneas perfectamente visibles en los tres o cuatro integrantes favorecidos con magníficas cariátides, dignas de ser esculpidas por el mejor artista plástico griego. Y también por la ausencia de libros – innecesarios, valga la aclaración- en una biblioteca propia que nos traiga noticias del viejo imperio de los signos impresos.

Dicha ausencia (la cual pueden palpar en este instante), creadora de una blancura que induce a la generación de la más tierna envidia entre los nihilistas, favorece nuestro desplazamiento ligero –como el del viento temeroso en el cable de la luz ante la llegada inminente de un huracán- a lo que nosotros mismos hemos definido como la “Metameta”, cuyos límites ideológicos todavía no han podido ser completamente establecidos por los estudiosos en sociología (o que pretenden serlo) que a diario nos visitan bajo el pretexto de aluzar el ocaso con una canción de protesta mal entonada; pero que en cambio posee ciertos límites físicos intrínsecamente ligados al placer, el ocio y la alucinación.

Nos habría encantado poder proyectarles algunos antecedentes, fundamentos y marcos teóricos del proyecto en sí, así como los avances notorios que hemos alcanzado (la degradación de nuestros nombres hasta volverlos en una masa indefinida, que responde mecánicamente a la palabra “wey”), pero es que no disponemos de tanto tiempo como para satisfacer las exigencias protocolarias de aquellos visitantes que esperan ver la funcionalidad del joven estudioso de la Literatura en el siglo XXI a pesar del internet y las redes sociales, y su inserción eficaz en el estudio y aplicación de métodos de toda índole –desde exegéticos hasta semánticos- de caducidad evidente.

Esperando haya sido de su agrado (o que al menos haya cubierto los minutos que tenían destinados a la observación de este proyecto), los dejamos unos minutos, por si quieren salir a fumar un cigarro.

PD: Tan pronto como dejen el recinto, favor de apagar la computadora y el cañón.



[i] Véase ANUARIO DE ESTADÍSTICA DE ESTUDIANTES DE LA FACULTAD DE LITERATURA, Colegio de Maestros en los treinta, 1987

[ii] Véase el ACTA QUE RESUELVE LAS CONTINGENCIAS, Academia de Maestros Mortificados, 1996

domingo, 13 de febrero de 2011

ROMPEN VENTAS CON "ESQUIRLAS EN EL CORAZÓN"

Es un hecho: Ya han vendido vía internet miles de millones de copias de su último álbum, "Esquirlas en el Corazón", mismo que saldrá a la venta este 14 de Febrero.

"Es algo increíble. Lo han comprado hasta nuestros hermanos que viven en el otro lado del mundo", comenta el airoso vocalista de la agrupación musical. "Muchos de nuestros seguidores en Facebook nos dicen que les gustan mucho las canciones del disco porque se identifican mucho con sus letras", comenta el ojinegro de uno sesenta y cinco.

Y es que los estribillos de sus canciones son completamente pegajosos: "Sin ti la vida no tiene motivo ni razón / y es que me han dado esquirlas en el corazón", dice el primer sencillo, el cual ya es todo un hit en la radio, tanto AM como FM.

"Recibimos cientos de llamadas a diario. Realmente es para nosotros muy fácil programar la música en estos días. Prácticamente la tocamos cinco veces cada hora", comenta uno de los directores de Radio PopulVox.

La banda ya se prepara para una gira internacional. "Queremos cantar a coro la ausencia", dice otro de los integrantes.

sábado, 12 de febrero de 2011

Como está la situación en el país, más que regalar chocolates mantecosos y tarjetas de tequieromuchos en estas fechas cursis, lo de los mexicanos sería regalarse esquirlas en el corazón.

martes, 8 de febrero de 2011

Hahaha

Estábamos mi amigo y yo parados a la entrada del cine. La embarazada y ofuscada mujer de la entrada no nos permitía pasar. "Aún no termina la función", decía. Y todos mirábamos hacia el interior de las puertas de cristal, casi-casi como si nuestro rol de esa noche (domingo 6 de febrero) fuera la de ser saludadores de los asistentes de la función previa.

Fue así como me encontré a media docena de amigos, a quienes saludé con poca efusividad. Tenía hambre y las palomitas del fondo eran más atractivas que mis ya mirados amigos de siempre.

-Hola, ¿qué tal la peli?
-Hola, pues... ahí, más o menos. No es la gran cosa.

Entré con mi cesto de palomitas y una lista de adjetivos para una película que se tardaba más de los 120 minutos comunes y cuyos adjetivos oscilaban entre los "más o menos", "dominguera", "palomera", y "dos-tres".

Pero, ¡oh sorpresa! Para mi gusto no fue así. Hahaha se convirtió en una de las películas más bonitas que he visto en los últimos cinco años.

Es una cinta que aborda temas como la fragilidad, la delicadeza, la dulzura. Filosofía y poesía surcoreanas puras.

Los protagonistas, un poeta occidentalizado y depresivo y un cineasta recién corrido de la universidad (no me pidan que reproduzca sus nombres porque mi memoria fonética no es oriental) son dos amigos que platican cómo les fue en un pueblito de Corea del Sur, sin darse cuenta que ambos compartieron más que un pueblo. Es el arribo a una especie de matria, personificado en la madre del cineasta. Es un intento por recuperar la esencia, aquello que nos mueve a vivir y a hacer poesía. Es un regaño al ego de los artistas e intelectuales que se pierden en sí mismos y sus problemas existenciales, snobs y superfluos, cuando la poesía y el sentido de la vida radica en "mirar siempre las cosas buenas en la vida y tener siempre cosas buenas para dar", en palabras de un héroe nacional, llamado en la cinta "El Almirante".

"¿Qué es lo que ves en tu vida, amor?", le pregunta otro personaje al cineasta frustrado, una mujer que también personifica ese lado sensible-poético humano que únicamente la belleza, el amor y "las cosas buenas de la vida" pueden compartir (espero no verme feminista). También es ella la que hace que un tercer personaje masculino más en la trama se desgañite al intentar exponer su ajadísima pose existencialista cuando recibe de manos de aquélla una flor: "¿Por qué le llamas flor si no sabes cuál es su esencia, ni su nombre real?", le pregunta éste. "¡Tú también le llamaste flor! ¿Por qué te molestan tanto mis regalos?".

El director de este filme, Hong Sangsoo, maneja el sentido de la fragilidad y la delicadeza muy propias de la poesía y filosofía surcoreanas con escenas preciosas, como aquella donde la chica arriba mencionada hace que su novio la monte como si ella fuera un caballito, luego de que ésta se entera que la ha engañado; o cuando la madre del cineasta -una mujer ruda y amorosa que prefiere llamarle hijo a un extraño mientras que al verdadero no lo consiente tanto, aunque en el fondo lo ama como cualquier madre ama a su prole- comienza a llorar ante la inminente partida de su hijo. Me recordó muchísimo los crisantemos poéticos de Oh Sae Young (El tontito Hegel, El cielo de dios también tiene oscuridad). Únicamente faltó que al viento coreano le llovieran esos crisantemos de los que tanto habla este poeta.

Películas como ésta vale la pena mirar una que otra vez, sobre todo si se cae en los excesos de la oscuridad que provoca el ensimismamiento occidental y sus teorías filosóficas que son adoptadas, como copias de copias, a través de una lente desgastada que ya no sabe mirar hacia el interior. La poesía y la filosofía (el arte en general) siempre requieren un alma desnuda. Y escribir cosas lindas más seguido.

El Verano de Goliat, intersección Alfonso Mejía

Querido Eduardo:

Dejaste tu herramienta de la hojalatería aquí. Dime si vas a venir por ella o si no para dársela al Pelón. Le debemos ciento setenta pesos a Jacinto. Acuérdate que le quedaste a Nacho de ayudarle a terminar la letrina. Las láminas de la cobacha están zafándose, dile a tu amigo que venga a repararlas el jueves que no estoy, Gabino le abre. Gabino sigue perdiendo el tiempo en el ejército, a ver si le encuentras un trabajo. La última carta que me enviaste no la pude leer, está toda tachoneada. Qué bárbaro, ni siquiera sabes escribir...
O algo así decía la carta que intenté memorizar, junto con Gabino, el protagonista de la película "El verano de Goliat", la noche del sábado 5 de febrero. Lo hice para calmar mi consciencia por no haber entrado a ver el filme completo. Y también porque me pareció un acto solidario (ya ven cómo es una) dentro de una película, mitad ficción y mitad documental, que habla de la tragedia que vive en estos tiempos el México rural.

Entendí pocas cosas, sentí otras tantas: abandono, hambre, desamparo, confusión, ansiedad, cansancio. Niños que beben cerveza y juegan a los muertitos entre las milpas. Mujeres con maridos que se les van muy lejos y no vuelven. Ancianas que no pueden memorizar una carta, para conservar un mensaje intacto, por si acaso el destinatario no supiera leer. Jóvenes desempleados que también beben cerveza. La página local de cada pueblito, pues. La fotografía es buena, los parlamentos, ocurrentes. Ojalá pueda verla completa uno de estos días.

Y si vi nomás una mitad, fue porque mi amigo Livio y yo nos detuvimos a la entrada del cine a platicar con el último sobreviviente de la cinta "Los Olvidados", el mítico Pedro (que en realidad se llama Alfonso Mejía). Resulta que la dueña del cine Palacio lo trajo el día de la inauguración, pero a don Alfonso le tocó un pésimo clima. No estuve muy errada: realmente estuvieron olvidados los protagonistas de la inauguración de la LXII Muestra de Cine de la Cineteca Nacional.

Sinceramente no me detuve a platicar con él por el hecho de que fuera un personaje mítico de una película que ya se trasmina en las realidades de quién sabe cuántas décadas que lleva este país. En realidad lo hice porque siempre me ha gustado platicar con los mayores, ignoro si es para encontrar la causa y la culpa de la existencia actual de la sociedad, o si es para sacarles un remedio vivencial que permita experimentar la vida sin dolor (algo debieron haber hecho para llegar a los setenta y tantos). Y lo hice también porque los temas que están en peligro de extinción siempre causan interés en mí. Como ya les dije, él es el único que queda de esa película y ya nadie más volverá a platicarnos de lo que fue, significó o produjo en las vidas de tales o cuales personas, décadas, sociedades, qué sé yo.

Lo saludamos. Platicaba con Humberto, un reportero de un diario citadino. A Livio ya lo conocía. A mí me dijo: "Los saludos se dan de corazón", y me tomó del brazo hasta rodearme y darme un abrazo. Yo nomás sonreí y lo abracé.

Le dije que aquí en mi ciudad faltaba muchísima cultura cinematográfica. Él nos contó que hacía treinta años él venía con películas a ese mismo cine (el Palacio -espero que me den una gratificación por nombrarlo tanto. No, no es cierto-) y hacía un cineclub. Resultó ser amigo del dueño. Luego, empezó a recordar cosas del cine de su época.

Su plática transcurrió de Luis Buñuel a María Félix y de su infancia a un consejo para cuatro imberbes que estábamos ahí. "El cine ya no es como antes. Ahora hacen puro mugrero". En parte tiene razón. En parte no. Son otros tiempos. Lo que es cierto, es que hay una sobrepoblación de fresas con inclinaciones cinematográficas que en poco o nada nutren a nuestro cine nacional. Ignoro si a eso el señor se habrá referido.

"Luis Buñuel me dirigía con los ojos", dijo, mientras adoptaba una expresión casi infantil. "La ventaja que yo tuve fue que yo era muy dócil, entonces no fue difícil dirigirme". Nos refirió el filme de "El Perro Andaluz" y habló de la osadía de Buñuel cuando hizo esa escena donde le cortan el ojo a una mujer (que en realidad era un ojo de una vaca). También habló de la mitificación de los cineastas y artistas: "Yo no sé por qué la gente se obstina en pensar que una sóla faceta es todo lo que hace un artista. Se les olvida que también tienen sus gustos, su forma de vivir. Son personas.".

También comentó que María Félix lo había querido mucho. "Éramos amigos de su hijo Enrique. A mí me tenía un especial afecto, quizá porque yo era el único que la veía como la mamá de Enrique y no como María Félix. O a lo mejor porque yo tenía los ojos amarillos, como el hermano aquel que tanto quiso... Llegaba y siempre me acariciaba, porque a mí me gustaba andar siempre muy bien afeitado. Recuerdo que una vez llegué y me puso a ayudarle a ordenar los libros de su biblioteca. Era una mujer bellísima: traía unos pantalones de terciopelo pegados y unas zapatillas doradas. Era imposible abstenerse de mirarla y admirar su belleza". Cuando volví a ver las imágenes del "Pedro" aquel de los años cincuenta, entendí por qué La Doña lo quiso tanto. El hombre era guapísimo y, en efecto, tenía unos ojos hipnotizantes. Al parecer, don Alfonso era todo un galán de esos tiempos. "Tenía mis fans hasta en Argentina", decía mientras le brillaban los ojos. "Me ponían a firmar fotografías con dedicatorias...".

Fue precisamente así como conoció a su esposa. "Me enamoré de su figura. ¿Conocen a Audrey Hepburn? Estaba igualita. Así de bella era mi mujer. Todavía, aunque ya es mayor, es muy bonita". La chihuahuense se lo llevó a vivir a esa tierra que "me quitó hasta los problemas bronquiales. Me dio una mujer e hijos. Soy muy feliz allá... Recuerdo que su mamá fue hasta la Ciudad de México para hablar conmigo. 'No sabe guisar ni un huevo', me dijo. Pero yo no la quería para eso. 'No le hace', le dije. Y me casé con ella. Nomás por el civil, porque somos de religiones distintas. No le avisé a mis padres, cuando estuve instalado nomás les dije que ya me había casado".

A la par de su plática y a su ritmo, en su cara tranquila se observa un dejo de pasión. Debe ser eso lo que lo mantiene totalmente lúcido en esta tierra. "Estudien mucho, sobre todo las artes. Quienes nos dedicamos a esto somos una élite. Miramos con ojos distintos al mundo. Eso es lo que necesita este país: un enfoque distinto. Yo siempre he vivido mi vida como quien viera desde un punto determinado para hacer un encuadre". Cuando le pregunto cuál es la escena que se lleva al otro lado de la existencia, sin chistar me responde: "La vez que vi entrar por primera vez a la que ahora es mi esposa. Sus ojos, su rostro. Todo".

Mi amigo y yo le pedimos una foto. Me pongo a su costado izquierdo. "Estás muy alta", me dice. Yo nomás sonrío otra vez.

sábado, 5 de febrero de 2011

Eda, Angélica y el pajarito de la Mansfield.

La 52 (quincuagésima segunda, no cincuenta y dos: la gente a veces olvida esa otra clase de números, pomposos, pero lindos al fin) muestra de cine llegó a Saltillo desde ayer. Los olvidados le hicieron homenaje a su propio nombre porque dudo que haya habido algún valiente que estuviera a ocho grados bajo cero en las butacas viejísimas en el cine más nostálgico de la ciudad para ver una película que hemos visto hasta el cansancio, con y sin el final alterno y esperanzador de Buñuel. Lo digo al menos por mí que no dudé en dejar de ir: hay pulmones importantes para cuidar de vez en cuando.

Pero ayer viernes fue diferente. "El extraño caso de Angélica" sonaba más a película de vampiros y "mostros" o una mujer con tuberculosis extraterrestre que a la fotografía bellísima de este film dirigido por el centenario Manoel de Oliveira. Tampoco iba a ir. Fueron opiniones de terceros, doctos y cultos en este arte, los que me orillaron a darme un paseo por el cine de mi predilección, acaso porque huele a palomitas hechas en cacerola -aunque tengan maquinita-; acaso porque espero que en las butacas del frente aparezca el sombrero café de mi papá con la cabeza y el cuerpo entero en movimiento, a más de 24 imágenes por segundo y en un 3D totalmente abrazable.

La historia es más bien algo sencilla: un fotógrafo retrata a una muerta y se enamora de ella. O tal vez debí decir que un fotógrafo judío invoca a un ángel y la recién fallecida, Angélica, lo llama a él, que es cuando va a tomarle las fotos. El argumento (intuyo, y si estoy mal, que me corrijan los expertos) habla del amor absoluto y la muerte (o el amor absoluto en la libertad que supone el más allá). Los diálogos, diríamos, son hasta escuetos, exceptuando la disertación de la antimateria que se avientan los compañeros de pensión de Isaac, el protagonista de la cinta.

Sin embargo, resulta un homenaje en vida ir a ver este filme, no sólamente por el hecho de que su director tenga ya 102 años de edad y permanezca aún lúcido y ajeno a la contaminación del horror mundial, sino porque él mismo le rinde, como los niños que están ávidos por mostrarle al mundo un descubrimiento suyo, la manera en que le han impactado ciertos pasajes literarios y pictóricos.

Uno de esos homenajes emerge cuando el pájaro de la casera Justine se sale de su jaula, revolotea en la habitación de un alucinado Isaac y amanece muerto en señal de un mal presagio. Quien haya leído el cuento bellísimo aquel de Katherine Mansfield, El canario, donde la muerte del animalito, propiedad de una señora que también tiene una casa de asistencias, aparece como una especie de revelación o presagio de una tragedia, se sentirá involuntariamente remitido a la angustia perfectamente delineada en las escenas del cuento de la escritora neozelandesa.

Sin embargo, la belleza estética de este film y la aportación que a dicho mundo este hombre (Espelho Mágico, Viagem ao Princípio do Mundo) realiza son los guiños-homenaje a uno de mis pintores favoritos, el judío bielorruso Marc Chagall, y a su cuadro Eda Okada: la mujer, hermosísima, arriba a la habitación del fotógrafo a quien le había sonreído mientras éste le hacía un retrato póstumo en su lecho de muerte, el día de su funeral. Radiante, casi estelar, enfundada en su vestido de novia, lo toma de la mano y lo lleva a volar por los aires, rozando la fragilidad de la niebla de una madrugada portuguesa y un lago. Luego, a diferencia de todos los cuadros de Chagall, él regresa en picada, como bajando al vacío, a la realidad. Es ahí cuando se plantea la posibilidad del amor absoluto en otro plano que no sea la realidad tangible.

Con esta película, Oliveira nos regresa, por así decirlo, la posibilidad de alcanzar el amor total, aunque no sea en este plano terrestre.

Cabe destacar que yo también salí flotando, pero de frío. A esa hora ya estábamos de nuevo a menos cuatro grados. En fin, veamos cómo progresa la mostra. Ya les iré platicando.

jueves, 3 de febrero de 2011

LA NOCHE PRESTADA

El silencio arribó a esa plataforma de hielo mucho antes de que los dos dejaran de decirse los fonemas universales que atan reencarnación tras reencarnación a dos seres inmunodeficientes a la soledad. Únicamente el viento gélido de aquella playa blanca guardó entre sus giros los ecos de las notas suaves de una canción que ambos reflejaron en sus pupilas una y otra vez mientras rodaban por el suelo bruscamente.

-Déjala ahí, Martín. Qué sonido tan dulce.

-Parecen harpas chinas salidas de un viejo jarrón, Sol. Ya nomás falta que a mitad de la canción se oiga un chino burlándose de nosotros, que llevamos una hora dando vueltas en círculo buscando un lugar tranquilo donde podamos estar juntos.

-No, más bien suena a la de “Hawaii Bombay" de Mecano. Obviamente no lo es. Esa canción es viejísima y la estación solo pone canciones que no pasan de los tres años de antigüedad. ¿Quién tocará?

-Está en inglés. Ya sabes que no sé mucho de música en ese idioma.

-Dijo la palabra “Winter”. El amor en invierno suena como a una promesa eterna. ¿Escuchas los banjos? Es como si las canciones de nuestros padres hubieran removido los epitafios de sus lápidas y desplegaran sus voces en nuestras bocinas.

-Ay, mi vida. Qué melosa eres a veces. No sé por qué estoy contigo si…

-Si tú eres un orangután insensible. Ya ves, el destino. ¿Crees en las estrellas?

-No. Pero por ti podría hacer un esfuerzo.

-Mejor esfuérzate por encontrar ya un lugar donde podamos mirarnos mucho mucho mientras las vemos a ellas bailar. ¡Brrr! Me estoy congelando. Ya quiero que me abraces con esos brazos tuyos tan de hombre…

-¡Jajaja! ¡Ya párale, Sol! ¡Noooooo, me haces cosquillas!

Fue entonces cuando nuestras manos se hicieron cinco: una que intentaba coordinarse con el pie mientras intentaba también meterle freno a esa porción iluminadísima de tierra congelada; otra que le acariciaba todas las prohibiciones que desde niña una está acostumbrada a oír; otra más que apartaba con fuerza la cuarta mano que subía el volumen de la radio para oír mejor el estribillo: si no fuera por la restricción de los tiempos, habría jurado que la noche era una noche prestada. Un olor de frutas tiernas y flores recién abiertas en primavera inundó el auto… La quinta mano nos señaló el faro que vimos él y yo a lo lejos, mientras patinábamos en nuestra propia seda roja y tibia que a su vez se deslizaba en aquella hermosísima alfombra estelar, azul y fría.

Cómo fuiste a dar hasta allá, no lo sé. A gatas seguí el rastro que dibujó el pico que desarmonizó la estrella de tu cuerpo. Busqué el auto y al verlo no pude evitar recordar la corcholata chueca que me regaló mi papá aquella vez que me dejó abrir mi primer cerveza. Una sustancia ajena y adictiva, eso es el amor, m’ijo. La cerveza puede hacerte panzón. El amor, pedazos. No le creí. Yo nunca pensé que a mí me sucediera literalmente. Siempre vi en la figura de mi padre la apología del fracaso. Él es redondo. El se ha vuelto redondo y no puede pasarle nada por eso, me dije cuando él pronunció aquella sentencia, como salida de un guión de esas películas que a mamá tanto le gusta ver.

Me asomo a tus dilatados ojos y puedo ver mi cara detenida en este instante, para siempre. Tu pelo disperso en la suave capa de nieve semeja una medusa en reposo. Sonríes.

-¡Congratulations! –me dices con tu impecable acento británico.

-Ahora vienes a presumirme tu acento, ¿no? –le recrimino con la voz del puberto soso que alguna vez fui y en cierta ocasión reprimió el llanto frente a toda la clase.

-¡Congratulations!, vuelvo a decirle. Mi niño a veces es tan torpe que debo repetirle las cosas más de una vez. ¿Una tendrá también que repetir las palabras en el más allá, o simplemente se vuelve eco? Porque si es así, yo quiero sonar como el ritmo del cristal que cruje bajo nuestros cuerpos, como los címbalos orientales de la canción que aún escucho. Sí, quiero que mi risa sea así…

Mi corazón se para en seco: ella ríe y el lugar vuelve a inundarse de un aire con olor frutal.

“Acabamos de escuchar el más reciente material de los MGMT, titulado ‘Congratulations’. Son las once de la noche con cuarenta minutos. Abríguense bien si van a salir, la temperatura oscila entre los menos once y los quince grados bajo cero. Y para las parejitas amorosas, les tengo unos pases para que se vayan al cine y pasen un rato muy juntitos; márquenme ya al...”.

El material del que está hecho mi estéreo debe ser el único superviviente en este lugar: el de Sol y el mío se va deteniendo poco a poco. Sólo la reminiscencia de la risa de ella compite con los megahertz de la loca parlante.

Nos vamos con la risa.