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martes, 2 de agosto de 2011

Sobre la virtuosidad de la crema

Maravillas salen cuando hay una piel humectada y tersa: un salmo inédito, una composición en violín equiparable con el sonido que emana el viaje de las lunas de Júpiter. Bendiciones al hombre que descubrió la fórmula exacta de los lubricantes naturales y las cremas: benditas sean las vocales de su nombre, pues son repetidas a cada centímetro, a cada poro, al deslizar su obra maestra por otros puntos cardinales de la materialización de la luz. Admiración a la fuente divina, que dispuso en la geografía terrestre tantas sustancias, las exquisitas y las aromáticas; las brillantes y las satinadas. Las voluptuosas.

Mucho se ha hablado de que la misión del hombre en la Tierra es experimentar, con una gota de divinidad dentro de su espíritu, la alegría y el gozo para el placer de los dioses. No lo considero una falacia. Probablemente a Dios le guste más presenciar un orgasmo y tejerlo hasta hacerlo infinito y cubrirse con el manto resultante la espalda inexistente y blanca, total e inmensa, que coleccionar padrenuestros. Probablemente Dios agradecerá, un día de los siete que siempre se repiten, las loas de nuestra piel, los destellos de la felicidad que regalan aquellos minutos en que los sentidos se extasían con los regalos más simples de la naturaleza. Dios también creó las cremas para su gloria y alabanza: la densidad de la luz convertida en un cuerpo humano atestigua los recorridos turgentes de la crema.

No recuerdo dónde lo leí, pero el caso era que Angelina Jolie habló del placer de humectarse. "Podría pasarme horas enteras poniéndome crema". No suena tan descabellado (a lo mucho sonará, para las clasemedieras, a perder la capacidad de adquirir las cremas porque seguramente perderíamos el trabajo, de estar encremándonos día y noche). Conocido por historiadores, vendedores de crema y mujeres es que Cleopatra se bañaba en leche de burra, para siempre tener la piel lisita. Deduzco entonces que es un ritual casi atávico, instintivo, salvaguardar la inoencia de nuestro traje humectándolo con los regalos del mundo.

Dicen que la piel habla. Yo digo que la piel demanda. Si somos hijos de la Tierra, alguna conexión deberá haber entre el riego del suelo y la hidratación de la dermis. Lo microcósmico es solo una escala de lo macrocósmico y todos estamos hechos de los mismos materiales con que fueron creadas las estrellas...

Y a todo esto, ¿las estrellas, con qué se humectan? Las de nuestra galaxia la tienen fácil: con la leche de la Vía Láctea. Pero, ¿y las otras?, me pregunto, mientras cierro el frasquito que dice en su exterior "Relax" y huele a flores y a vainilla. Qué importa, ¡viva la crema! Y la miro agradecida, casi sin atender a mi alrededor: el espacio ha comido de mi pan esta noche. Y mi pan sabía al agradecimiento de mis poros, por donde igualmente puedo oír el viento y sentir la magia de la lluvia o el calor.

Ya no despertaré y no podré pensar en la arquitectura de la conflictiva humana, le digo, casi ebria de tanta crema, a mi dermis. Tal vez por eso he escrito esta nota.

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