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sábado, 13 de marzo de 2010

La Astronauta Azteca

Iba a la cabeza de la fila, el casco bien puesto. A través del vidrio se veía el lipstick rosa coral que hacía juego con sus pestañas largas y cafés. Sus padres no vivieron el ascenso de su hija al cohete entre vítores y loas de niños ganadores del primer premio en las olimpiadas de matemáticas. Sus dos hermanos estaban lo suficientemente ocupados en sus respectivos trabajos, y las cuñadas, obviamente, preferían ver el suceso por la televisión mientras preparaban la comida. De su hermana la mayor, nada, otra ama de casa que olvidó encender la televisión por estar cuidando a su bebé.


Pero eso a María Citlalli no le importaba en realidad. Le bastaban los numerosos flashazos y la multitud arremolinada en la base naval de la NASA para sentirse feliz: “Es mentira que las mujeres no podamos brillar”, recordaba la frase que estuvo pensando durante dos semanas para contestarle a la reportera de Televisa que la había entrevistado hace tres días.


—Mamá, déjame sentarme a la cabeza de la mesa.


—No, porque las mujeres que se sientan a la cabeza se quedan solteras.


—Papá, no me dejaron entrar al taller de electrónica.


—Hicieron bien, hijita. Habrase visto que en la secundaria una muchachita tan bonita como tú se ponga a hacer cosas de machitos.


—Pero yo quiero saber brillar, papás. Yo no quiero ser…


—Acuérdate de la niña que se hizo estrella —respondía la mamá desde la cocina.


—Allí vamos —decía María Citlalli mientras despanzurraba chícharos con su tenedor.


—Había una vez una niña muy lista, pero muy socarrona, a la que le gustaba jugar a ser una estrella. Las otras niñas de su escuela no la querían por sangrona y porque les aburría jugar a ser planetas girando alrededor de la chiquilla, que era blanca y alta como tú, de cabello como de sol (igual que el tuyo), y con labios color rosado como el coral de las playas al caer la tarde. Cierto día, la niña se enteró que sus compañeritas harían una fiesta en honor de la primavera y se sintió muy triste porque no la habían invitado. Sola, al caer la noche, maldijo su suerte mientras decía:


—Si tan sólo hubiera un hada madrina para mí. ¿Por qué las princesas tienen hadas y yo no?


—Y que en eso se le aparece una mujer de piel transparente y vestida…


—…De gasas y tules, como mi vestido de quinceañera —interrumpió María Citlalli.


—De gasas y tules rosas, como tu vestido de quinceañera. Era el hada madrina de la chiquilla soberbia, quien, en su misión de hacerle un regalo a su protegida, le concedió su deseo de volverse una estrella. La niña fue inmensamente feliz y agradeció por primera vez desde su corazón a esa extraña criatura que le había hecho el favor. La niña se elevó por los cielos y bailaba con los asteroides, quienes la nombraron reina del universo. Pero dicen que los dioses no perdonan que alguien más se vuelva rey en su espacio, y pronto castigaron al hada madrina, desapareciéndola del cosmos. Y como los favores de las hadas se van cuando las hadas mueren, la estrella reina se volvió otra vez niña, quien, al no saber volar, murió…


—…Cuando estuvo de regreso en la tierra. Ay, mamá, tú y tus historias. Ya me voy a dormir.


“(Ignition) Nine, eight, seven… (Ignition) five, four, three, two… (Ignition) one”… La panza de María Citlalli sintió cosquillas al despegar el cohete. La gente se convirtió en una alfombra con cara de un buda sonriente que se disolvió cuando el cohete rompió la ionósfera.


“Día uno: ¡Estoy feliz! El espacio es más pequeño de lo que me imaginaba. Lo veo por la ventanilla y creo tener dejavus cada diez minutos. Mis subordinados no me pelan, pero no me importa. No debe ser fácil tener a una mexicana en su tripulación y que encima les dé órdenes. Extraño mi dije, el que trae un calendario azteca. Soy una tonta, lo olvidé en el pasillo por andar a la carrera: con eso de que me quedé dormida para ir a la base espacial… Pedí embutidos con sabor a mole y no me trajeron nada. Mugres gringos”.


“Día trece: Me están saliendo vellos en las piernas. Los siento crecer. Menos mal que en esta nave no hay hombres, de esos que se dicen hombres: me daría mucha pena que, al bajar de la nave y quitarme el traje, vieran mis piernas peludas. Mis gringos siguen igual. Los oigo hacer bromas sobre mí. Pero como quiera sigo siendo la reina”.


“Día veinte: Creo divisar Saturno. Uno de mis subordinados, Arthur McAllen, creyó poder engañarme diciéndome que estaba leyendo mal las coordenadas. Yo solamente le dije que siguiera jugando al Tetris. No me habla desde entonces”.


“Día veintidós: ¡Lo sabía! Saturno es un hermoso planeta con luz propia. Era mentira, después de todo, que solamente tuviéramos un Sol. ¡Puedo verlo desde aquí! ¡Ya casi lo toco!


"En unos diez días estaremos descendiendo al astro. Cuando lleguemos, nombraré a esta tierra Estación Esperanza: estoy casi segura que Urano podría ser un mundo nuevo para los terrícolas. Esto es increíble y yo lo he descubierto.”.

“Día treinta y uno: Me siento mareada. Veo a mis subordinados y ellos tan campantes. Dicen que es el síndrome menstrual. Idiotas. Realmente me siento mal…”.


“Día treinta y tres: Quisiera gritar “AUXILIO”, pero no puedo. Se me acaba el aire y realmente no serviría de mucho: no hay quién me escuche. Los ocho gringos se largaron en las naves de contingencia mientras yo dormía… Me duele mucho la cabeza, algo raro pasa aquí. Escucho canciones… ‘Soy una estrella, la niña estrella. Las niñas no pueden brillar…’. Hay alguien que canta en esta nave…”.


—Sofía, apúrate ya, que tenemos que llegar a tiempo con tu abuelita —dijo la mujer mientras apartaba a la niña de los televisores puestos en hilera dentro del centro comercial.


— ¡Es María Citlalli, mamá, mira! ¡Su cohete se volvió una estrella!

La mujer se detuvo a ver la pantalla, desde donde se veía una hermosa mujer caucásica:


“…Al parecer, los ocho norteamericanos que también tripulaban la nave espacial pudieron salvarse. Ellos aseguran que la astronauta se negó a abandonar la nave, en un acto de desesperación. Y bueno, esto ha sido todo por hoy. No se pierda esta noche, en punto de las veinte horas y por este canal, el programa especial ‘María Citlalli: una estrella más de El Canal de las Estrellas’. Descanse en paz, la Astronauta Azteca. Yo soy Mafer Schuartz y lo espero mañana a las tres de la tarde en punto con más noticias. Hasta la próxima”.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso cuento. Un beso al planeta Marlén.
Livio

Pinkys dijo...

Dudo que María Citlalli halla trascendido de forma infeliz, quedo brillando :)

-J