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jueves, 3 de febrero de 2011

LA NOCHE PRESTADA

El silencio arribó a esa plataforma de hielo mucho antes de que los dos dejaran de decirse los fonemas universales que atan reencarnación tras reencarnación a dos seres inmunodeficientes a la soledad. Únicamente el viento gélido de aquella playa blanca guardó entre sus giros los ecos de las notas suaves de una canción que ambos reflejaron en sus pupilas una y otra vez mientras rodaban por el suelo bruscamente.

-Déjala ahí, Martín. Qué sonido tan dulce.

-Parecen harpas chinas salidas de un viejo jarrón, Sol. Ya nomás falta que a mitad de la canción se oiga un chino burlándose de nosotros, que llevamos una hora dando vueltas en círculo buscando un lugar tranquilo donde podamos estar juntos.

-No, más bien suena a la de “Hawaii Bombay" de Mecano. Obviamente no lo es. Esa canción es viejísima y la estación solo pone canciones que no pasan de los tres años de antigüedad. ¿Quién tocará?

-Está en inglés. Ya sabes que no sé mucho de música en ese idioma.

-Dijo la palabra “Winter”. El amor en invierno suena como a una promesa eterna. ¿Escuchas los banjos? Es como si las canciones de nuestros padres hubieran removido los epitafios de sus lápidas y desplegaran sus voces en nuestras bocinas.

-Ay, mi vida. Qué melosa eres a veces. No sé por qué estoy contigo si…

-Si tú eres un orangután insensible. Ya ves, el destino. ¿Crees en las estrellas?

-No. Pero por ti podría hacer un esfuerzo.

-Mejor esfuérzate por encontrar ya un lugar donde podamos mirarnos mucho mucho mientras las vemos a ellas bailar. ¡Brrr! Me estoy congelando. Ya quiero que me abraces con esos brazos tuyos tan de hombre…

-¡Jajaja! ¡Ya párale, Sol! ¡Noooooo, me haces cosquillas!

Fue entonces cuando nuestras manos se hicieron cinco: una que intentaba coordinarse con el pie mientras intentaba también meterle freno a esa porción iluminadísima de tierra congelada; otra que le acariciaba todas las prohibiciones que desde niña una está acostumbrada a oír; otra más que apartaba con fuerza la cuarta mano que subía el volumen de la radio para oír mejor el estribillo: si no fuera por la restricción de los tiempos, habría jurado que la noche era una noche prestada. Un olor de frutas tiernas y flores recién abiertas en primavera inundó el auto… La quinta mano nos señaló el faro que vimos él y yo a lo lejos, mientras patinábamos en nuestra propia seda roja y tibia que a su vez se deslizaba en aquella hermosísima alfombra estelar, azul y fría.

Cómo fuiste a dar hasta allá, no lo sé. A gatas seguí el rastro que dibujó el pico que desarmonizó la estrella de tu cuerpo. Busqué el auto y al verlo no pude evitar recordar la corcholata chueca que me regaló mi papá aquella vez que me dejó abrir mi primer cerveza. Una sustancia ajena y adictiva, eso es el amor, m’ijo. La cerveza puede hacerte panzón. El amor, pedazos. No le creí. Yo nunca pensé que a mí me sucediera literalmente. Siempre vi en la figura de mi padre la apología del fracaso. Él es redondo. El se ha vuelto redondo y no puede pasarle nada por eso, me dije cuando él pronunció aquella sentencia, como salida de un guión de esas películas que a mamá tanto le gusta ver.

Me asomo a tus dilatados ojos y puedo ver mi cara detenida en este instante, para siempre. Tu pelo disperso en la suave capa de nieve semeja una medusa en reposo. Sonríes.

-¡Congratulations! –me dices con tu impecable acento británico.

-Ahora vienes a presumirme tu acento, ¿no? –le recrimino con la voz del puberto soso que alguna vez fui y en cierta ocasión reprimió el llanto frente a toda la clase.

-¡Congratulations!, vuelvo a decirle. Mi niño a veces es tan torpe que debo repetirle las cosas más de una vez. ¿Una tendrá también que repetir las palabras en el más allá, o simplemente se vuelve eco? Porque si es así, yo quiero sonar como el ritmo del cristal que cruje bajo nuestros cuerpos, como los címbalos orientales de la canción que aún escucho. Sí, quiero que mi risa sea así…

Mi corazón se para en seco: ella ríe y el lugar vuelve a inundarse de un aire con olor frutal.

“Acabamos de escuchar el más reciente material de los MGMT, titulado ‘Congratulations’. Son las once de la noche con cuarenta minutos. Abríguense bien si van a salir, la temperatura oscila entre los menos once y los quince grados bajo cero. Y para las parejitas amorosas, les tengo unos pases para que se vayan al cine y pasen un rato muy juntitos; márquenme ya al...”.

El material del que está hecho mi estéreo debe ser el único superviviente en este lugar: el de Sol y el mío se va deteniendo poco a poco. Sólo la reminiscencia de la risa de ella compite con los megahertz de la loca parlante.

Nos vamos con la risa.

2 comentarios:

capriyunliuz dijo...

increible no se pero al principio crei escuchar la voz de la mujer narandolo todo y al final es el hombre!....me sorprendio mucho tu pequeno relato :) hasta pronto

Marlén Curiel-Ferman dijo...

Gracias, capri!

Y sí, hablan ambos. Un abrazo desde las congeladas tierras de Saltillo.