Sucumbí al Facebook:

domingo, 19 de julio de 2009

Besando imágenes con luces débiles: Marionetas Orsini






Tarde de domingo de julio que no se extingue. Veo la ventana: el sol nada que baja y la soledad es indicio de que algo está mal en mi brújula, es al sur donde llueve y hace frío y todo está gris. Acá al norte llueve luz.


Ya habíamos quedado Livio y yo de ir a la inauguración del Festival de Monólogos 2009. No tengo prisa por llegar. Saltillo en domingo por la tarde (en una que no se extingue hasta pasadas las nueve de la noche) tiene minutos que duran 180 segundos. Llego y estoy sola. Le hablo a Livio. No, no es a las ocho y media, es a las ocho. Sí, acá te espero, les aparto lugar.


Hablo con Lucía, saludo a Martha y a José Luis. Todos de teatro. Por el micrófono, la voz de Joel me recuerda que en efecto, estoy en el núcleo del Teatro de la Ciudad. Ayer cantaron flamenco. Pero hoy hay teatro. Víctor me manda un mensaje y no tengo saldo para contestarle. Recuerdo al rubio de cabello asimétrico que iba hecho la raya rumbo a la cabina. De seguro que es parte de la compañía que se presenta hoy, no tiene finta de mexicano. Dan la primera, la segunda y la tercera llamada. Mi amigo Livio no llegó. Estoy sola con dos asientos separados. Al fondo, como seis o siete marionetas colgando. Dicen que la obra no es apta para niños, no sé si dirán cosas soeces las marionetas o no.


El rubio de cabello asimétrico se coloca en el escenario. No era parte del staff, sino que es el director, actor y marionetero, el protagonista de este monólogo. Rubén Orsini. Con sus dedos larguísimos hace como que pone play a una melodía. Otra vez piano. Ayer descubrí que más que el violín y las guitarras, el piano es lo que más me gusta escuchar. Le sigue el cello. Me gustó el piano, pues, porque sonaba a tarde de otoño cuando era niña. Me gusta su sonido lejano y melancólico. Ya lo voy aceptando: me gusta recitar flores porque contrarresto el sentido taciturno que me lleva a gozar la melancolía. Vuelvo a darme cuenta que estoy sola: nada mejor para dejarme ir.


Primero salió un changuito con miles de cuerdas atadas a sus dedos. Volteaba a ver a su manejador y el lenguaje corporal eran sus palabras hechas diálogo. Salió un piano pequeñito y de pronto la música cambió. El changuito comienza a tocar la marcha turca de Beethoven con una gracia que pareciera que estaba vivo. La gente, sin embargo, comenzó a reír porque les recordó al Chavo del Ocho. El changuito se aventó como tres piezas cortas, tras las cuales Orsini lo invitó a regresar a esa vieja caja de cartón donde se encontraba. El melodrama del changuito era conmovedor, por lo tierno de sus movimientos.


Se apagó la luz. Ni idea tenía que las piezas subsecuentes estarían cargadas de una emotividad extraordinaria. Apareció una tortuga-araña-vagabunda que caminaba por las piernas del titiritero, quien traía un guante blanco en su mano derecha —la mayoría de los movimientos de todas sus marionetas las hacía con la izquierda, por lo que puedo pensar que tal vez sea zurdo—, que no era sino un símbolo de la vida al funcionar como resbaladilla y de sábana que cubrió el acto final. Todavía no me daba yo cuenta que estaba frente a un maestro callado de los simbolismos, un argentino que bien pudo tener ascendencia rusa —o vivido una gran crisis económica o existencial, o tal vez ambas— porque su melancolía era tan exquisita que lindaba con la ternura, la tristeza, la risa, el ensimismamiento y la expectación.


Le siguió una marioneta tullida. Con su bracito izquierdo enyesado, su tobillo izquierdo vendado, vestido con jerga harapienta, arrugado, medio tuerto. De fondo, los acordes de la canción “What a wonderful world” de Louis Armstrong. Era Navidad. Era la miseria. Era una marioneta lisiada, como sin ganas de festejar la navidad. ¿Cómo festejarla, si entre los acordes de Armstrong sonaban los estallidos de bombas? Entre Orsini y la marioneta pusieron un pinito de alambre, todo chueco. La marioneta pulía las esferas entre sus axilas. Para ese entonces, yo ya estaba llorando. El punto cumbre fue cuando la marioneta destapa un plato y al observar que no hay nada se pone a llorar. El titiritero lo consuela haciéndole un acto de magia: le aparece una estrella. Pero la marioneta no quería estrellas, quería pan.


Otra vez se apaga el telón. Siguieron una marioneta que luchó contra la muerte bailando pero al final muere, una niña que no podía caminar y al final lo consigue, un robotito que no sabe hablar con las plantas y se le muere su flor, una mujer-abrigo rojo que le hace el amor a Orsini al compás de una canción de Calamaro y un niño que vuela pero al ver tanta oscuridad se regresa a su cajón de nubes.


Pensé que ese sería el acto final, el del niño en su cajón. Pero no. Salió una chaqueta de piel sintética color negro, con un gancho sin gancho, por donde Orsini ágilmente metió su mano para colocarse una cabeza. Era un viejito vagabundo que lo mismo usaba un brazo de Orsini para echarse la botana de la música repetitiva del disc-man, que para sacarse la cerilla, olerla, mirarla, probarla, sacarse los mocos y embarrárselos a su manejador. La gente reíamos. Era una risa profunda que salía después de la desolación de las viñetas presentadas anteriormente bajo los efectos sedantes de un par de brazos diestros, masculinos, pero que proyectaban la infancia aún no perdida pero sí dolorida por el sentido del paso del tiempo y lo que implica conocerse a uno mismo en soledad.


La música que hacía reír a esa marioneta-chaqueta de pronto paró y se escuchó una música hermosamente desgarradora. Nunca un piano había removido tanto las sensaciones de un público en un domingo vespertino como el de esas piezas. La marioneta comenzó a llorar. Sacó de su cabeza un recuerdo hecho mujer. La muñeca-mujer estaba tendida en su regazo y de pronto la vida se le acaba.


De pronto la marioneta comienza a reclamarle al titiritero, pero éste le dice que a él no le reproche nada, que le reproche a la vida. Y entonces el anciano vagabundo, solitario y temerario, le reclama al cielo. Saca su corazón y se lo pone de almohada. Envuelve a su recuerdo-muñeca-mujer y lo envuelve en un pañuelo, para luego guardarlo en el interior de su chaqueta-cuerpo. El titiritero le ofrece un bastón, y cuando el ancianito lo estira sale una estrella. Una canción argentina comienza a sonar. Habla de estrellas y soledades, y me parece que es de Fito Páez, pero no estoy muy segura. Y la marioneta se columpia por la vida, y el viento la agarra y hace de ella un orgasmo vital, un latido feliz porque sabe estar en soledad. Luego viene la muerte. Y con ello, el final.


Le aplaudí como pude, o lloraba o me ponía de pie. Rubén Orsini regresó para dar las gracias por el silencio y para decirnos que había sido un placer.


Me despedí de Lucía, Martha y José Luis. Visualicé a lo lejos a Livio con Jesé y Melina. Iba rumbo a la salida pero instintivamente me di la media vuelta, impelida por el deseo de decirle gracias por haberme enseñado el valor de la soledad a ese titiritero. No recuerdo ni qué le dije, sólo sé que le confesé que me había hecho llorar. Más tarde, ya platicando afuera con Livio, surgió la idea de ir a entrevistarlo, aprovechando que Livio debía hacer una reseña para el Zócalo Saltillo. Ahí le tomé estas fotos suyas, con la intención de captar ese niño perdido en la mancha urbana que es la metrópoli.


A Livio le dijo su página: www.rubenorsini.com.ar , pero yo no la he checado. Ni siquiera he leído el contenido del folleto. Y ahora que lo hago, entiendo más a este “monólogo mudo”, como tuvo a bien bautizarlo Livio:


“Marionetas Orsini. Este espectáculo agrupa una antología de momentos breves en las que pequeñas criaturas son manipuladas para reflejar instantáneas de la calle, nuestro hogar urbano.


“Fragmentos que rescatan lo bello en lo terrible, recreando un ensueño con caricias, besando imágenes con luces débiles. Historias livianas para que puedan flotar”.


Por eso salí con la cara dividida: los ojos me lloraban, la boca sonreía. Y mi mente también volaba.








4 comentarios:

Víctor dijo...

Gracias Marlén, muchas gracias por tus palabras del alma para Orsini, sus-nuestras Marionetas y todos los que tuvimos la oportunidad de ser testigos y celebrar un acto verdadero de empatía humana..de vida.

Gunaxhii...guendanabani.

eug dijo...

se ve que estuvo bien chido!!
Chava quería ir pero pensó que era hoy... buuu

Creo que a través de las marionetas podemos percibir las emociones, creaciones, anhelos, necesidades espirituales y acotentecimientos cotidianos de la vida personificados en un pequeño e impresionante aspirante a humano.

me hubiera gustado ir
:-(

pero ni modo
ahora iremos a los monólogos! a ver que tal

Marlén Carrillo Hernández-Ferman dijo...

Víctor:

Aún recuerdo los títeres, y me tirita la piel. Qué bárbaro. Es llanto silencioso este señor.

Marlén Carrillo Hernández-Ferman dijo...

Ni modo euge, a ponerse las pilas ahora que anda de reseñadora. Un beso.